martes, 2 de abril de 2013

Día 172. Ushuaia


Aterrizamos en el Fin del Mundo a las 21.30 h. Nos pareció que para estar en el Fin del Mundo el lugar no era la bomba. Entramos en el hostel y repetimos sensación: un salón plagado de gente que se esparcía hasta la cocina, sucia, y con el fregadero a rebosar, una minihabitación para cuatro y un baño que se caía a pedazos. Por un momento quisimos salir de allí pitando, pero no sabíamos hacia adónde. Al día siguiente, lo vimos todo un poco mejor.



Ushuaia en sí no nos pareció gran cosa, pero cuando piensas que estás más cerca del Polo Sur que de casa, que allí tienen la oficina de correos del Fin del Mundo, que puedes buscar un boleto de último minuto para ir a la Antártida, que probablemente verás pingüinos, lobos marinos y ballenas… a uno se le despierta un nosequé por dentro que casi le hace flotar.



 Dimos los primeros pasos en dirección al glaciar Marcial. Ya habíamos alucinado con el Grey en Torres del Paine, por eso al oír la palabra “glaciar” esperamos algo similar. Llegamos al telesilla y el boletero nos comentó que podíamos subir la montaña andando, pues había unos dos kilómetros, “dos kilómetros y medio si queréis ver hielo”, añadió. 


Entusiasmados y bajo un sol de justicia, emprendimos el ascenso. No nos podíamos creer que en el pueblo más al sur de todo el  mundo andáramos en manga corta y sudando como pollos. La subida fue dura, empinada, se nos hizo eterna y cuando llegamos al final del camino un letrero decía “prohibido el paso, a partir de aquí es imprescindible andar con guía y el equipamiento adecuado”. ¿A partir de dónde? ¿Del charco de agua que había tras el letrero? ¿De los pedacitos de hielo que había en el suelo? Sí, había nieve en la montaña, pero ¿dónde leches estaba el glaciar?  


Quizás sea por el verano, quizás sea por el calentamiento global, o por ambos, pero en Ushuaia ya no hay glaciar. Es triste, sobre todo porque es una de las principales fuentes de abastecimiento de agua de la ciudad.

Al día siguiente nos adentramos en el Parque Nacional de Tierra del Fuego. Y antes de nada, visitamos la Oficina Postal del Fin del Mundo. Enviamos unas cuantas postales y, sí, le pedimos al señor de gafas grandes, bigote blanco y gorro azul que nos sellara el pasaporte. Estaba allí, retirado del mundanal ruido, entre sellos de goma, mapas y postales antiguas, pero bien podría haber habitado en el faro de San Juan de Salvamento o conduciendo un tren de vapor.  



Durante cuatro horas recorrimos la costa de este tranquilo y poco transitado lugar. La sensación de estar en el Fin del Mundo se hizo más patente que nunca. Éramos pocos, nos cruzamos en un par de ocasiones y sólo nos acompañó el repiqueteo del pájaro carpintero patagónico.





El recorrido terminaba en el lago Roca, justo al lado de un camping con un pequeño bar al que entramos para beber algo caliente. Allí, en el fin del mundo, donde alguien perdió la zapatilla, había un grupo de cuatro chicas españolas. Una vez más nos dábamos de bruces con la realidad de hoy: jóvenes que salen en busca de algo mejor, cansados pero optimistas. ¿Deberíamos empezar a pensar en no volver? ¿Deberíamos empezar a buscar trabajo en algún otro lugar que no sea “casa”?