domingo, 3 de marzo de 2013

Día 133. Un breve paréntesis argentino


Como decíamos en la entrada anterior, Chaitén fue arrasada en 2008 por la erupción del volcán del mismo nombre. A pesar de que no pudimos contemplar demasiado las consecuencias de la catástrofe, durante el poco rato que estuvimos en el pueblo sí que tuvimos la sensación de estar en un lugar fantasma. Ni una persona en la calle. Ni un bar abierto. Casas completamente enterradas en cenizas.   
  
Llegamos a tierra de nadie con el plan de ir hasta Futaleufú, regresar por el mismo camino hasta las termas El Amarillo y hacer varias caminatas por los parques Pumalín y Hornopirén. Al final no hicimos nada de eso. Cuando vimos que Futaleufú está muy cerquita de Argentina, decidimos pasar unos días allí y luego cruzar la frontera. 



La carretera hasta Futaleufú es espectacular, las vistas son increíbles: montañas  cubiertas de enormes árboles, lagos, ríos, hasta un glaciar que casi podías tocar desde el autobús. La verdad es que nos hicimos muchas ilusiones porque pensamos que íbamos a poder ver todo eso partiendo desde el pueblo, en micro, pero no fue así. No contamos con que Futaleufú es minúsculo y sin auto te quedas bastante tirado.




Nada más llegar fuimos en busca de un camping y lo que encontramos fue el jardín de la casa de la señora Dionisia. Está a orillas del lago, eso sí, y resulta curioso el modo en que el matrimonio mayor ha montado un par de baños y una cocinilla para convertir su patio en un “camping”. En Ca la Dionisia uno no deja de sorprenderse, tienen ceniza de la erupción de 2008, una bombilla incrustada en un árbol para iluminar a los campistas por la noche, el agua caliente funciona con troncos y el marido se pasa el día cortando leña, no exageramos, mínimo diez horas. Nada raro teniendo en cuenta que el invierno está al caer y que hay que aprovisionarse, pero alucinamos cuando el señor nos dijo que tenía ochenta años (¡!). Ochenta años y cortando 18 m3 de leña. No sé si os hacéis una idea de la cantidad de leña que es eso…, pero es ¡¡¡la leche!!!



Al final, en Futaleufú  no hicimos gran cosa, nos dedicamos sobre todo a descansar y a disfrutar de la tranquilidad que ofrece el pueblo, hicimos alguna pequeña caminata hasta un mirador y contemplamos una especie de rodeo en la medialuna, la plaza de toros.







Al tercer día, agarramos nuestros bártulos para dirigirnos a la enorme Argentina. El trámite en la frontera fue de risa. De risa porque a la salida de Chile a Fran le hicieron un pequeño interrogatorio porque no constaba en la base de datos, era como si él nunca hubiera estado en el país. Y si nunca había entrado, ¿cómo podía ser que estuviera pidiendo salir? Misterios de la vida. Y más de risa aún porque ni siquiera nos registraron las maletas y tampoco nos pusieron problemas a la hora de entrar comida de todo tipo. Nada que ver con el ingreso al país vecino.





Nada más llegar a la tierra del asado, el vino y el chocolate, hubo un par de cosas que nos sorprendieron: la primera es que cada vez que subes o bajas del autobús, un señor te sube o baja la maleta. No se trata de un empleado de la compañía con la que viajas sino de un espontáneo. Hasta ahí todo ok, el tema es que tienes que darle propina sí o sí, y si por algo te has quedado sin suelto o directamente te niegas, no sólo pone mala cara sino que no se corta a la hora de soltar alguna perla. ¡Pues menuda bienvenida! La segunda es la poca prioridad que tiene el peatón con respecto a los vehículos. 
Los coches no paran ni en los pasos de cebra, de modo que tenemos que sacar medio cuerpo a la carretera para que se den cuenta de que queremos cruzar.



Tras este paréntesis… Llegamos a El Bolsón, un pueblito que en su día fue una de las mayores comunas hippies de Argentina. Por desgracia, hoy ya poco queda de los “paz y amor” de entonces, la mayoría han sido reemplazados por chuchiflautas. Aun así, el pueblo tiene mucho encanto, pero se lo descubrimos como dos horas después de llegar. 

Cuando bajamos del autobús, y dimos propina, fuimos a la oficina de información para que nos indicaran cómo llegar al hostal y nos informaran acerca de algunas caminatas. Nos dijeron que el hostal está como a 2 kilómetros y que la caminata que teníamos en mente es bastante complicada para hacerla en un día, que deberíamos registrarnos y dormir en el refugio… Total, que se nos fueron las ganas de subir el cerro Piltriquitrón, ¡con lo gracioso que es su nombre! Como ya nos hemos medio acostumbrado a recorrer a pie distancias más largas de lo habitual, agarramos las mochis y empezamos a andar. Llegamos a la ruta 40 y como quince minutos más tarde seguíamos en dicha ruta. Los 2 kilómetros parecía que se alargaban así que llamamos al hostal, "no sea que no haya sitio y estemos haciendo el tonto". Cap problema, tenían espacio de sobra pero nos recomendaron agarrar un remy (“taxi”, en argentino) porque ¡están a 5 kilómetros del pueblo!, en la falda del Piltriquitrón. ¡Bendito el momento en que decidimos tomar el remy! 

Pero aquí no acaba la historia. Llegamos al hostal y le pedimos a la dueña que nos informara acerca de las caminatas porque, al parecer, los de la oficina de información tienen algún que otro problemilla con las distancias. Acerca del Piltriquitrón, nos comentó que sin ningún tipo de problema podíamos subir y bajar en el mismo día. Palabras textuales: “Piensa que hay mucha gente mayor que sube al refugio sólo a tomar algo”. Entonces, si del refugio a la cima hay como 2 horas, y salíamos pronto del hostel, sí que era factible hacer el trekking en un día. 

Lo dejamos para la mañana siguiente y esa tarde nos recomendó ir al mirador del río Azul y a la Cabeza del indio. Una caminata corta y sin subidas tortuosas. A ver, corta corta, no. Y sin subidas, tampoco. Salimos a las tres de la tarde del hostel, cuando llegamos al inicio del sendero había pasado ya más de una hora y en el camino hasta el dichoso trozo de piedra con cabeza de indio casi nos deshidratamos. 
¿Lo mejor? El puestecito que se ha montado una señora a la entrada del parque: cuatro bolsas de chips, cuatro Aquarius y unas botellitas de agua que vienen que ni pintadas…  




En el camino de vuelta, se nos ocurrió una buenísima idea: parar en el río a refrescarnos los pies,  quitarnos la capa de polvo que habíamos acumulado en la excursión y luego ir a tomar un helado. Nos dijeron que los del Bolsón son de lo mejorcito del país. Así que aceleramos un poco el ritmo, pero oímos el ruido de un coche a nuestras espaldas. Casi de un modo automático, levantamos el dedo y el coche nos paró. Una pareja majísima con una niña nos acercó casi hasta el borde del río. ¡Menos mal! Sólo de pensar en el rato que nos quedaba de bajada y el sol de justicia que hacía me daba un soponcio. Así que en un tris tras llegamos al río, nos mojamos y nos fuimos de cabeza a meternos un cuarto de quilo de helado entre pecho y espalda. A pesar del sol, la tierra y las subidas, la caminata valió la pena. La vista desde el mirador es espectacular y la cabeza del indio, muy muy curiosa. 





Como el helado nos hizo revivir, decidimos volver andando al hostel, no lo pensamos demasiado bien y antes de emprender el ascenso paramos en el supermercado a comprar.  Supongo que en el fondo ambos pensamos que alguna alma piadosa nos volvería a parar si hacíamos dedo, pero no fue así. Así que tuvimos que recorrer andandito los 5 kilómetros hasta el hostal con las bolsas de la compra. 




Al día siguiente nos levantamos temprano porque el Piltriquitrón nos esperaba. Primero teníamos que recorrer 13 kilómetros de ripio, después llegar al Bosque tallado y al refugio y, finalmente, ascender por el Piltriquitrón.  Todo fue bien hasta la señal de “Bosque tallado, 1 km, 45 min”.





¿1 kilómetro en 45 minutos? ¿Cómo puede ser?  Ni hablaros quiero de la pendiente. ¡Qué atroz! Cuando llegamos al refugio yo ya no tenía ganas de nada, sólo quería sentarme, beber agua, cerrar los ojos y encontrarme de nuevo en el hostel. Y diez minutos después estaba subiendo al Piltriquitrón (!!!). 




Fran llegó a la cima. 



Yo me quedé a las puertas, sentada sobre una roca, bajo un sol de infarto, viendo cómo él se hacía cada vez más diminuto, pero contenta de haber llegado hasta allí. Estábamos solos, en medio de un paisaje impresionante. Ya podías desgañitarte que lo único que obtenías como respuesta era el eeecooo. 



Cuando me volví a encontrar con Fran, él estaba más contento que unas pascuas. Le había costado subir, se había caído y rebozado por la arena un par de veces, pero en la cima había visto nieve. Ya podíamos descender. Y esa vez volvimos a tener suerte porque en el último trayecto de ripio alguien nos levantó y llegamos al hostel en diez minutos. 




Evidentemente, nos fuimos a dormir al tiro, como dicen aquí. Al día siguiente teníamos que levantarnos pronto para ver el lado más hippie del pueblo más hippie de Argentina: la Feria Regional de Artesanos. Entre todas las cosas hermosas que había decidimos comprarnos un gofre con frutillas, moras y una buena capa de nata montada. El Piltriquitrón nos dejó baldados y con el estómago vacío.